
Todavía sigo con el pulso acelerado, con los ojos llenos de emoción y la certeza de que hay partidos imposibles de analizar sin que el corazón empañe cada conclusión.
Como una continuación inevitable de aquella frase de Lionel Messi en Qatar, este equipo volvió a demostrar que no va a dejar tirado a nadie. Argentina estuvo contra las cuerdas, al borde de una eliminación que parecía escrita, pero volvió a exhibir una virtud reservada para pocos: resistir en la desesperanza y encontrar vida donde la mayoría solo vería final.
Lo que consiguió en Atlanta también tiene peso histórico: firmó la remontada más tardía de una desventaja de dos goles o más en un partido de Copa del Mundo, sin necesidad de llegar al tiempo extra. Una reacción faraónica, de esas que explican no solo el talento futbolístico de este equipo, sino también la inteligencia emocional para batallar desde el piso. Porque las epopeyas son únicamente para los valientes.
José Hernández convirtió a Martín Fierro en el gran héroe de nuestra literatura porque hizo de la resistencia una identidad. Esta Selección parece haber heredado ese mismo espíritu: puede jugar bien o mal, dominar o sufrir, pero jamás renuncia a la posibilidad de volver.
El partido pintaba verdaderamente adverso. Lionel Messi no estaba fino con la pelota y hasta erró un penal. Rodrigo De Paul aparecía impreciso en cada pase. Enzo Fernández no encontraba su lugar en el mediocampo y Nahuel Molina no conseguía darle profundidad a una banda derecha que nunca pesó. El equipo sufría cada transición de Egipto y, para colmo, Lisandro Martínez —uno de los mejores argentinos en lo que va del Mundial— había quedado expuesto en la foto de los dos goles. La pelota parada, que suponía ser la debilidad egipcia, se transformó en una enemiga.
Hasta Emiliano Martínez, un especialista en el dominio del área y el achique, transmitía una inseguridad poco habitual cada vez que debía salir. La sensación era de tener la cancha en contra. Mucho más después de recibir dos goles que dejaron al descubierto las falencias defensivas. En 67 minutos el golpe parecía de nocaut. Encima, a medida que avanzaba el partido, Mostafa Shobeir, el arquero de Egipto, parecía tener superpoderes. Se transformó en una barrera que acrecentaba la frustración albiceleste.
Iban 78 minutos y Egipto venía haciendo un partido casi implacable. Defendía con una concentración feroz, golpeaba cuando tenía que golpear con físico y talento, y se disponía a batallar cada duelo como si fuera el último. Sin embargo, Argentina empezó a crecer desde Leandro Paredes, que dio una masterclass de cómo manejar los hilos en la mitad de la cancha. Alexis Mac Allister apareció más suelto, más cerca del área, multiplicando llegadas y ofreciendo soluciones donde antes había confusión.
La influencia de Leandro Paredes fue altísima. Fue la solución a la falta de control que Argentina había mostrado frente a Cabo Verde. Ordenó al equipo, fue un relojito en los pases y se atrevió en muchos momentos. Un crack.
Y Lionel Messi… No estaba teniendo su mejor partido. Se lo veía incómodo, impreciso, como si la pelota no terminara de obedecerle. Pero hay algo que solo tienen los distintos: pueden pasar 80 minutos buscándose y, de pronto, encontrar el partido entero en una jugada. La zurda de cristal. Messi se puso el traje de héroe que solo le queda a él y volvió a hacer lo que hizo toda la vida: aparecer cuando Argentina más lo necesitaba. La asistencia al Cuti Romero fue intachable y nos devolvió el alma al cuerpo.
¡Qué jugador Cristian Romero! El central de las grandes galas. El que nunca se esconde. El que juega con la pierna caliente y la cabeza fría. Una fiera. Hoy y siempre. Otra respuesta aérea que llega en un momento fundamental. Y ahí el destino empezó a torcerse. Cuando le vimos los ojos a Messi, supimos que habían despertado al extraterrestre. Volvimos a creer. Solo los superhéroes tienen el don de cambiar el clima de una historia con una sola mirada, con una sola acción. El rosarino tiene esa capacidad inusitada de permitirnos soñar sin importar el panorama.
Lionel Scaloni volvió a demostrar que también gana los partidos desde el banco. Los cambios modificaron la energía de un equipo que necesitaba piernas frescas para la batallar. Lautaro Martínez ingresó con hambre, agresividad y una presencia que Egipto ya no pudo controlar. Gonzalo Montiel entendió que el momento exigía arriesgar. Se acopló en cada ataque por la derecha y fue él quien asistió a Lionel Messi en el empate. Julián Álvarez, aun sin encontrar el gol, volvió a representar el espíritu de esta Selección: correr y defender cuando ya no quedaban piernas. Argentina, de a poco, volvió a parecerse a Argentina.
Cuando los 90 minutos agonizaban y el tiempo extra empezaba a asomar como el único camino posible, Julián Álvarez hizo lo que hacen los que se niegan a perder: dejó el alma para recuperar una pelota nada menos que ante Mohamed Salah. Después tuvo la lucidez de los elegidos para asistir con precisión a Lautaro Martínez, que se hizo enorme para recibir abierto sobre la banda. El centro del Toro fue una delicia, como servido con la mano. Enzo Fernández atacó el espacio con el hambre de los grandes y conectó el cabezazo de la resurrección. La cabeza del chico de San Martín le devolvió el alma a todo un país y firmó el tres a dos final.
Ese cabezazo nos recordó que los campeones también necesitan rozar el abismo para volver a reconocerse. Argentina exhibió, una vez más, el parche de campeón del mundo y le envió un mensaje al planeta entero: nunca den por muerta a esta familia.
Hoy este equipo nos conmovió a todos. Nos tocó el alma. Esta Selección dejó de ser solamente un equipo de fútbol para convertirse en un reflejo de nuestra propia idiosincrasia. Una manera de levantarse cuando todo parece perdido, de plantarle cara a los peores contextos. Una forma profundamente argentina de entender la adversidad. En La vuelta de Martín Fierro, José Hernández escribió unos versos que hoy parecen hechos para esta Selección: “Si me ayuda la memoria, a mostrarles que a mi historia le faltaba lo mejor”.
Esperan los cuartos de final y la Scaloneta está lista para una nueva batalla ante Suiza. Argentinos, argentinas: a esta historia, evidentemente, todavía le falta lo mejor…



