La década del ‘80 fue de las más apasionantes y parejas en la historia del fútbol argentino. Una sentencia que uno ha escuchado en más de una oportunidad y con la que es fácil estar de acuerdo. Porque hubo partidos inolvidables, grandes jugadores y equipos que se dieron el postergado gusto de ser campeones, como Ferro Carril Oeste y Argentinos Juniors. Esa paridad se veía domingo a domingo en las canchas, donde siempre podía haber una sorpresa, en medio de un festival de buen juego. No era fácil poder sobresalir entre tanto esplendor. Por esos días, un muchacho apareció tímidamente vistiendo la camiseta de Colón y enseguida se destacó por su manía de hacer goles. Que repitió en Velez y más tarde en Boca, donde fue su definitiva explosión. Jorge Alberto Comas era un delantero veloz, penetrante y certero frente a la valla adversaria, al punto de convertirse en el máximo artillero de aquella década con 112 conquistas.
Comitas. El seudónimo que le había dedicado Víctor Hugo Morales y quedó para siempre. A veces parecía tener una apariencia frágil, pero bastaba que le llegase una habilitación, para ser una pesadilla en la defensa rival. En algunas ocasiones, daba la impresión de estar desentendido de lo que ocurría en el juego, como ajeno, en esa actitud con pátina de egoísmo que suelen tener los goleadores. Sin embargo, como en esos momentos en que vuelve la electricidad tras un corte de luz, se conectaba de manera fulgurante y casi siempre sus remates terminaban en el fondo del arco. Su personalidad era un capítulo aparte. Parecía hosco y poco cristalino en sus modos, pero allí habitaba una gran timidez, que lo hacía estar distante.
En su Paraná natal comenzó a hacerse notar en los clubes Belgrano y Patronato hasta llegar a las inferiores de Colón. El paso por allí fue rápido, porque el 13 de abril de 1980, cuando tenía 19 años, hizo su debut oficial en primera división, en un insípido 0-0 ante Talleres en Santa Fe. El entrenador que le dio esa oportunidad fue Miguel Antonio Juárez, el Gitano. Hombre de una gran bohemia y avezado para detectar cracks. Comitas ingresó en el segundo tiempo en lugar de Jorge Pereyra.

En ese equipo de Colón tuvo compañeros que luego se iban a destacar, como Ángel Leroyer en Racing, Mario Cariaga en Deportivo Español y, sobre todo, Pedro Pablo Pasculli, quien al torneo siguiente sería transferido a Argentinos Juniors, desde donde saltó al Calcio y fue campeón del mundo en México ‘86. También allí estaba dando sus últimos pasos una leyenda de nuestro fútbol, que supo tener el récord de mayor cantidad de partidos disputados en la máxima categoría: Roberto Telch.
En aquel torneo del ‘80 alternó entre el banco de suplentes y la titularidad. Pero ya en el segundo certamen de la temporada, que era el recordado Nacional, se afirmó entre los 11. En la segunda fecha, se dio el gusto de gritar su primer gol, que tendría una enorme simbología. Aquel domingo 14 de septiembre, en el estadio de Colón, se vivió una fiesta por la victoria 1-0 frente a River con ese tanto que para él sería inolvidable. No solo por ser el primero, sino porque doblegó a quien era el mejor arquero del mundo, el Pato Fillol, y se estaba probando la ropa del personaje que mejor le sentó: ser el verdugo de los Millonarios.

El ‘81 tuvo dos caras bien diferenciadas. Por un lado, fue el goleador de su equipo en el ex Metropolitano, pero sus tantos no alcanzaron para evitar el descenso. La sentencia de la pérdida de la categoría fue en Santa Fe y ante un cuadro que sería clave en su vida: Boca Juniors. Allí se produjo la transferencia a Vélez, un equipo que tenía excelentes jugadores, como el Pepe Castro, Carlos Ischia, Pedro Larraquy, Osvaldo Piazza y Carlos Bianchi, con plena vigencia, aunque estaba cerca del final de su carrera.
Estuvo exactamente cinco años en Liniers, donde se ganó a los hinchas a fuerza de piques, velocidad, habilidad y goles. Fueron muchos, nada menos que 54, para ayudar a muy buenas campañas, como la del torneo del ‘83, donde llegaron a estar punteros, aunque luego el campeón sería el excelso Independiente del medio campo inigualado de Giusti, Marangoni, Bochini y Burruchaga. Y el punto más alto, que fue la final del Nacional de 1985.
El Coco Basile armó un cuadro sólido atrás, con Navarro Montoya, Lucca, Larraquy, Cuciuffo y Bujedo, dinámico en el medio, con Vanemerak, Fren y Meza, e implacable adelante, con los desbordes de Pino Hernández, la categoría de Jorge Gabrich y el gol que vivía en Comitas. Él fue decisivo para eliminar a Boca en la rueda de ganadores, convirtiendo en ambos partidos. En la semifinal de esa etapa, cumplió una de las mejores actuaciones de su carrera, ratificando su paternidad ante River, en la victoria 3-0 en cancha de Huracán, donde fue el dueño de los tres gritos de la tarde.

Ambos equipos se iban a reencontrar en la final de la rueda de perdedores, con muchas similitudes: se jugó en Parque Patricios, la victoria fue para Vélez (en este caso 2-1) y el gol definitivo, por supuesto fue de Jorge Comas. Esa noche estuvo en el estadio Carlos Salvador Bilardo, quien ratificó lo que pensaba de dos futbolistas, incluyéndolos en su próxima convocatoria: José Luis Cuciuffo y el propio Comitas, que fue el máximo artillero de ese torneo, donde el cuadro de Liniers fue subcampeón de Argentinos Juniors.
El goleador fue parte de aquella increíble expedición a Tilcara, en enero del ‘86, buscando la aclimatación a condiciones similares con las que el plantel se encontraría en México. Sin embargo, una merma en su rendimiento fue determinante para que el entrenador optara por otros delanteros en la lista final de la Copa del Mundo. Mientras Argentina se encaminaba a la gloria en tierras mexicanas, en silencio y sin estridencias, se produjo el pase a Boca, que potenciaría su carrera.
Se fue insertando de a poco, en un equipo que tenía doble competencia, entre el torneo local y la Copa Libertadores. Al principio le costó mostrar sus virtudes, al punto que recién en el 12° partido oficial con esa camiseta anotó su primer gol, que en realidad fueron dos, en un 5-3 frente a Talleres en la Bombonera. A partir de allí, fue poco menos que imparable, formando una gran sociedad con Alfredo Graciani, abastecidos por el departamento creativo que conformaban Carlos Tapia y Jorge Rinaldi. Este cuarteto explotaría mucho más a comienzos del ‘87 con la llegada de César Luis Menotti a la dirección técnica, en lo que fue una verdadera revolución del fútbol ofensivo. El olfato de Comitas estuvo siempre presente para detectar cualquier descuido en las defensas rivales y hacer gritar a esa hinchada que ya lo había adoptado. Boca tuvo una increíble resurrección con el arribo del Flaco, pasando del 14° puesto al 1° en menos de 10 fechas. Pero no se le dio el título y tampoco la liguilla, donde cayó frente a Independiente. Allí Comas convirtió en las dos finales y el que le hizo a Islas en la Bombonera de tiro libre es de antología. En los torneos de verano, también era una figura. Entre las ediciones del ‘87 y el ‘88 le marcó 4 goles a River, uno de ellos, olímpico.

Se fue Menotti y el vacío se apoderó de todos en el club. Desde los dirigentes, pasando por los hinchas y llegando al plantel. Tuvo una pésima primera rueda, con duras goleada en contra (Racing 6-0 y Newell´s 5-1). La historia comenzó a cambiar en enero del ‘88 con la asunción del Pato Pastoriza. Comitas volvió a su nivel, haciéndose presente en el marcador. Para la temporada 1988/89, Boca armó un gran equipo. A los buenos valores que ya tenía, se le agregaron Navarro Montoya, Simón, Marangoni y Perazzo, entre otros. Comas se sumó recién en la 5° fecha, porque estaba disputando con la Selección los Juegos Olímpicos de Seúl, en la que terminaría siendo su única actuación con la camiseta celeste y blanca, ya que nunca disputó un partido oficial en la mayor.
Era un club desesperado por conseguir un título local, que se le venía negando desde el inolvidable ‘81 con Maradona y Brindisi. Tuvo, como adicional, la posibilidad de disputar en paralelo la Libertadores, en el primer semestre del ‘89. Peleó en los dos frentes, dando batalla con esa honestidad, a veces suicida, de ir siempre al ataque, tal como era el credo de Pastoriza. La doble competencia, con un plantel de figuras, pero no tan amplio, lo terminó perjudicando. Quedó afuera de la copa en octavos, en una infartante definición por penales con Olimpia, luego de remontar un 0-4 en el global. Y se fue quedando sin energía en el campeonato local, donde llegó a sacarle 5 puntos a Independiente, que finalmente fue quien se consagró.
Quedaba por delante la liguilla, como premio consuelo. Y justamente en ese mini torneo y ante un rival tan especial como River, se despidió de la camiseta de Boca. Fue un gris 0-0. Ni siquiera en domingo. Fue un frío lunes de julio. Enemistado con la dirigencia y sin ponerse de acuerdo en la renovación del contrato, aceptó el pase a México. Se convirtió en un ídolo enorme del Veracruz, donde llegó a marcar casi 100 goles. Con una leyenda que se fue agigantando con el tiempo.

A mediados del ‘94 regresó al país para vestir la camiseta de Colón, cerrando el círculo de su campaña, en el mismo club donde debutó. Aunque parezca increíble, solo disputó un partido, el de la primera fecha ante Deportivo Laferrere en un empate en cero. Y se marchó, en una nueva pelea con la dirigencia. A partir de allí, un andar errante. Aquella displicencia que a veces mostraba en la cancha, se trasladó a su día a día. Malas inversiones, problemas personales y una vida en los extremos que lo llevaron a cruzar determinados límites, concluyeron con la detención y la prisión en una cárcel mexicana por varios años. La libertad no trajo mejores noticias. Ahora es un hombre que transita sus días casi en la indigencia, peleando con la vida, destratando a aquellos que lo reconocen y le piden una foto, como recuerdo de los tiempos gloriosos.
Duelen esas noticias. Ojalá la moneda de sus días se revierta y vuelva a sonreír. Como podemos hacer aquellos que adoramos el fútbol argentino de los ‘80. El de los partidos inolvidables, los grandes jugadores y los goleadores implacables. Como Comitas, que siempre será un poster de aquellos años, con los brazos en alto y su corte de pelo, único, al viento. Tiempos en que la vida se empeñaba en regalarle un rato de felicidad.



