Una tormenta tropical, un vuelo de alto riesgo y un gol mítico que no vio: la increíble historia del regreso de Maradona al Azteca

0
9

Entre los potreros de Villa Fiorito hasta el Distrito Federal de México hay 7400 kilómetros en línea recta. La magia de Diego Maradona hizo nido en la cancha de Argentinos, en La Bombonera, en el hogar del Napoli. Pero encontró en el Estadio Azteca su Teatro Colón, su Scala de Milán, su Royal Albert Hall.

Allí, en Calzada de Tlalpan 3465, en el clímax de su carrera (25 años), Pelusa ofreció sus conciertos más virtuosos durante el Mundial de México 1986. Los dos sonetos a Inglaterra en los cuartos de final, el picaresco y el sublime; su obra más subestimada pero tal vez la más afinada, frente a Bélgica en semis; y el suspenso en la coda, con la asistencia a Burruchaga en la final ante Alemania para entronizar su imagen eterna con la Copa del Mundo en la mano.

Las fotos más icónicas de la carrera de Maradona son en el templo mexicano. Sin embargo, después de llegar al Olimpo en ese mítico escenario, solo lo pisó una vez más en su vida: el 8 de junio de 2000, aunque debió llegar un día antes. Una tormenta tropical, un inquietante vuelo que debía demorar menos de tres horas y duró cinco, y un trabajo como comentarista de un partido de Boca que quedó trunco fueron parte de la increíble travesía que, de todos modos, lo depositó en un lugar en el que fue feliz.

Los detalles están contados en el documental de Disney “El día que Diego regresó al Azteca” e incluye desde una breve reseña del nacimiento del legendario recinto, que fue renovado y cobijó un nuevo Mundial en 2026, hasta el poco recordado antecedente de Diego en el Azteca. Es que el 29 de enero de 1982, cuando sacudió los cimientos del mundo del fútbol con su pase a Boca Juniors, tuvo su primer acercamiento de gira con el Xeneize y el idilio se anunció con un estadio lleno que lo vio brillar con un golazo de zurda.

Hubo 100.000 fanáticos en las tribunas y varios cientos que se quedaron afuera, sin asiento. Sí, Maradona farmeaba aura décadas antes de que la Generación Z acuñara el término, al punto que apenas pisó la Ciudad de México le pidió a un periodista conocer a “Mariana, la de la novela”, que no era otra que Verónica Castro, la protagonista de “Los ricos también lloran”, show televisivo que todos los días seguía con fruición su mamá, doña Tota. Pues bien, la actriz terminó dando el puntapié inicial…

Momento cumbre de la historia del fútbol: el toque de Maradona que coronó su mítico gol a Inglaterra en México 86 (Images / Juha Tamminen)

Ese primer flechazo sirvió como aviso de lo que llegó después en el 86. Y, luego de aquella leyenda escrita en el Mundial, el reencuentro se hizo desear. De hecho, se dio 14 años después, y con sufrimiento y suspenso. Como el guion de historia de amor de un rosa intenso.

Allá por el 2000, Maradona se había instalado en Cuba para alejarse del ruido y de las tentaciones luego del episodio cardíaco que lo había dejado al borde de la muerte. La situación económica para Diego no era la más holgada. “Vivíamos de lo que sacábamos con algunas de las notas, los amigos venían a visitarnos, traían carne, gaseosas, y ahí tirábamos”, comentó Guillermo Coppola en el documental.

“Los partidos los veíamos gracias a Adrián Suar, que nos mandó una antena satelital”, semblanteó el amigo y entonces representante del Diez. Ese puente, indirectamente, generó la conexión de la oportunidad de oro. “Empezó a poder ver los partidos de la Selección y de Boca. Y le agarró un deseo irrefrenable de ir a ver a Boca, y también de hacer algo, como comentar”, reveló el periodista Daniel Arcucci.

La chance de poner a Maradona otra vez en el escaparate, aunque en otro rol, ofrecía una vía de ingresos. “Yo buscaba esa situación porque no facturábamos, no laburábamos. Yo había tirado un par de tiritos. Y surge”, prologó Coppola.

El Boca de Carlos Bianchi marchaba a paso firme en la Copa Libertadores. Le había ganado la ida de la semifinal al América de México por 4 a 1 en La Bombonera. Y la vuelta estaba pautada en el Estadio Azteca en el que Pelusa había alcanzado el cénit.

Una frase impulsó las gestiones: “Diego quiere ir al estadio Azteca a ver a Boca e iría nadando”. Ese año, la transmisión de la Libertadores estaba a cargo de un canal joven, que había irrumpido en el mercado comprando todas las competencias que encontró en su camino: PSN. Había adquirido Eliminatorias, Fórmula 1, NBA, los principales torneos de tenis… Y también la Libertadores. En consecuencia, surgió la idea de llevar a Maradona desde La Habana hasta México, como un lujoso bonus track al compromiso internacional.

La dupla encargada de la transmisión estaba compuesta por Sebastián Vignolo y Juan Pablo Varsky: “Me dicen que está la chance de llevar a Diego al Azteca y digo: ‘Chocan los planetas’”, contó el Pollo su sensación ante la noticia. La apuesta tenía una ventaja: por la corta distancia entre los países, los gastos se reducían a la travesía y al cachet del ídolo. No había necesidad de contratación de hotel. A lo sumo, la cena antes de que el ex enlace embarcara de regreso a Cuba. La realidad hizo añicos el presupuesto.

“La noche del viaje, tormenta tropical. Imposible de vivir, de pasarla”, describió Coppola. Con la chance de volver a vincularse con Boca, con el fútbol grande, en la escalerilla de la aeronave, para Maradona no hubo mucho margen para la discusión: “Quería ir igual”.

Claro que en su entorno no había consenso unánime, con el peligro ya habiendo completado el check-in. “Hubo gente incluso que, cuando le explicaron la situación, decidió no viajar a último momento. Y los valientes que subieron al avión tenían la idea de llegar a ver el partido”, recordaron en la reconstrucción de los hechos.

A Diego no le importó nada, había un riesgo. Algunos se quedaron, conscientes. Pero Diego era rebelde, decía: ‘Vamos, vamos’”, evocó su agente. Más de la mitad de la comitiva se bajó: abordaron 14 personas, incluyendo al equipo de PSN designado para registrar el periplo.

“Estábamos al lado y parecía que íbamos a Australia”, dijo Diego después, ante los inconvenientes en la ruta. De todos modos, montó su show. Primero, se sentó como copiloto. “Estamos llegando, eh, no tengan miedo, que estoy tripulando”, se lo escuchó aguijonear en el video. Pero la tensión, en realidad, reinaba. Incluso, se especuló con el regreso a Cuba por los desafíos climáticos. El vuelo original era de dos horas y 40 minutos. Demoró cinco horas. El avión carreteó cuando en el Azteca terminaba el primer tiempo.

El plan seguía el pie. Un helicóptero esperaba para acelerar el arribo de Diego al escenario que lo vio levitar con la pelota en los botines. Pero el vehículo no logró girar las aspas: la lluvia, otra vez goleó. La única forma de viajar era por tierra. Y con el mismo vértigo. El chofer designado iba a 100 kilómetros por hora, con escolta, el milagro parecía posible. En el césped, otro milagro se corporizaba: Boca perdía 3-0 y sufría, pero Walter Samuel, de cabeza, le daba el pasaje a la final, que semanas después el Xeneize le ganó por penales a Palmeiras.

“Estábamos en medio del quilombo más grande del mundo y a dos metros del partido. Queríamos llegar aunque fuera a hacer el cierre”, profundizó Diego. El tema es que el público ya comenzaba a desagotar el estadio y un mar de piernas rodeó el vehículo, que quedó varado. Mientras, a Vignolo y a Varsky les pedían estirar la transmisión, pero no hubo caso. El comentarista se encargó de describir la odisea y cómo Maradona no solo no analizó el partido, sino que además no pudo ver siquiera un segundo de las acciones.

A la decepción se le sumó otro elemento. “Se invirtió mucho dinero”, pronunció en el documental un ejecutivo de PSN. La cadena necesitaba encontrar una alternativa para hacer valer tamaño operativo. Entonces, la producción se movió con velocidad. Le pidió a Maricarmen Flores, directora del Azteca, que hiciera una excepción y abriera las puertas del estadio al otro día para que lo visitara Maradona. Y se hizo la luz.

Aquel 8 de junio de 2000, entró en una camioneta directamente al campo de juego. El Diez descendió y alguien le tiró una pelota y la sonrisa se hizo tatuaje: uno, dos, tres, mil; empezó a hacer jueguitos. El camarógrafo le preguntó si se acordaba lo que había vivido en ese escenario. Y Maradona maradoneó con una de esas frases que se hacen póster, remera, inmortalidad.

“¿Cómo no me voy a acordar, hermano? Es una sensación única. Se puede decir que es la catedral de mi vida, porque acá levanté la Copa, porque acá hice el mejor gol. Estoy emocionado, realmente», soltó. “14 años después, mucho más gordo, mucho más viejo, pero con la misma ilusión”, completó

Incluso, recreó el segundo gol a los ingleses, gambeteando jugadores imaginarios. “Nunca lo había contado en cancha”, se sorprendió al darse cuenta de que su habitual relato pormenorizado tendría una novedad. “Acá empezó”, tiró la pelota en el sector exacto en el que recibió del Negro Enrique. “Sentí la explosión del estadio, la del corazón, la de la gente que le gusta el fútbol”, añadió.

Ese fútbol que tanto le dio, el que lo sentó en el trono, no quiso regalarle otra oportunidad de visitar su catedral. Cuando dirigió a Dorados de Sinaloa, en el Ascenso mexicano, nunca le tocó ser visitante en el Azteca. Solo esa vez, la del vuelo extremo, pudo volver a sentir el “olor del pasto”, como solía ilustrar. Pero no cualquier aroma, uno único, especial. El aroma de la gloria, solo para entendidos, para el selecto grupo que sabe cuánto pesa la Copa del Mundo.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí