
En la foto de perfil del WhatsApp no tiene a Gardel, ni al Polaco Goyeneche. Aparece un Maradona rozagante, con pose de prócer, con la camiseta de la selección argentina. “Cuando era futbolista, era el jugador que cantaba. Y después me convertí en el cantor que jugó al fútbol”, se divierte Hernán Castiello, Cucuza, quien descolla en escenarios de distinta superficie, aunque conoce de memoria a los de verde césped.
El cantante de 57 años es una de las voces más reconocibles del tango, y su versatilidad logró llevar las letras más exquisitas del rock nacional al ritmo del 2X4. Pero antes (o en realidad, en paralelo) fue futbolista profesional, se formó y compartió cancha con estrellas de la talla de Fernando Redondo, Fernando Cáceres o Leonel Gancedo, y entabló un vínculo con Diego Maradona que fusionó a la pelota con la música. Al fin y al cabo, arte, solo que con diferentes matices.
A los 6 años, Cucuza empezó a jugar al baby. A los 6 años, ya interpretaba con aplomo e inocencia tangos junto a cantantes de trayectoria. Recién a los “16, 17 años”, tuvo que decidir un camino, porque los entrenamientos y las presentaciones nocturnas dejaron de ser “compatibles”. “Ahí decidí priorizar el fútbol. En ese momento no hubo discusión, no tuve dudas con el fútbol y tampoco fue tan meditado, aunque sabía que la carrera del futbolista es corta y el tango lo podía retomar. Son mis dos pasiones”, se explaya en diálogo con Infobae.
Las camisetas que usó en sus inicios lo marcaron casi como un código genético. “Empecé en el club Parque e hice Inferiores en Argentinos Juniors; lugares que tienen una identidad, que siempre proponen el buen pie. Yo jugaba de 4. No era un negado con la pelota, al punto que hasta Sexta jugué de 8. Me gustaba irme al ataque. Y en mi categoría tenía al Negro Cáceres de 2, así que agarraba la valija y me iba para arriba”, bromea al semblantearse como futbolista.
-¿Fue en esa época en la que conociste a Maradona?
-Mi admiración por Diego es la que tenemos todos los argentinos. En la categoría 69 yo estaba con Hugo, con el Turco Maradona. Entonces, los fines de semana, era cotidiano que vinieran don Diego, Doña Tota, los hermanos… Y a veces venía él. Además, en la casa de la calle Cantilo, en Devoto, me habré quedado a dormir dos o tres veces en aquella época. Diego ya era Diego. Había cosas que me asombraban. En el fondo tenían césped sintético, algo que no se veía, no era común en esa época. Ibas al baño y tenías tele. Y tenían la heladera esa en la que apretabas un botón y te daba hielo. Después, mis encuentros con él se fueron espaciando, por ahí pasaban años o décadas sin verlo, pero apenas te veía te hacía sentir cercano.
-Esa cercanía te permitió estar con él en un momento cúlmine de su carrera: cuando volvió de México tras ganar el Mundial del 86.
-También fue en la casa de Cantilo. Se hace difícil de creer. Ahí tuve suerte. Había como 300 personas en la puerta. Yo estaba en quinto año, estaba con un compañero del secundario, José Carlos Iglesias. Justo salió Lalo Maradona, me vio y me dijo: “¿Qué hacés, Cucu acá? Vení, pasá“. Y nunca fui tan mala persona en mi vida, je. Le dije a mi compañero: ”Esperame acá“. Y entré. Estaban Tota, Lalo y Diego, colgado de un arnés en el parque, porque estaba elongando la cintura; volvió muy dolorido del Mundial. No puedo describir lo que pensaba, lo que sentía en ese momento. En un momento, se descolgó y vino al comedor. No sabía qué decirle. Él hizo todo. Me vio, me abrazó y me dijo: ”¿Qué hacés, Cucu? ¿Cómo anda el tango?“. Tenía eso. Venía de ser campeón del mundo, pero él te preguntaba a vos.
-En Argentinos llegaste a sentarte en el banco de Primera, pero no lograste debutar, ¿por qué?
-Me hubiese encantado jugar más y establecerme en Primera. Firmé mi primer contrato, jugué mucho en Reserva y llegué a ir al banco. Cuando salgo a cantar y me acompaña mi mujer, le pido: “Deseame suerte”. Y por ahí me dice “para qué, cuántas veces te subiste al escenario, sabés lo que tenés que hacer, va a salir todo bien”. Entonces yo le digo: “La suerte es importante, en un momento no la tuve”. Porque cuando estaba en mi mejor momento del fútbol, cambió el técnico, vino otro con otras predilecciones, y no tuve la chance. Por eso la suerte es importante, aunque después haya que defenderla.
-¿Después cómo siguió tu carrera?
-Como no tenía lugar, fui a pedir el pase, pero el presidente me convenció para que siguiera. Fui a préstamo a Tigre al Nacional B. Cuando volví, me dejaron libre. Ahí pensé en largar. Pero Nito Veiga, el técnico que me había subido a Primera, me llamó para ir a Aldosivi. Nito era de los técnicos de antes, yo sé que de arranque no le había caído bien, porque usaba el pelo largo, por la imagen. Pero me lo gané a fuerza de juego.
-¿Quiénes fueron los mejores técnicos que tuviste?
-José Batista, el papá del Checho y del Bocha, y José Pekerman, a quien tuve de Sexta hasta Reserva. Te daban libertad para jugar.
-Te retiraste a los 25 años por una lesión. ¿Fue difícil la decisión?
-Me rompí los ligamentos cruzados y los meniscos de la rodilla derecha. Tendría que haber sido otra decisión difícil, pero tampoco lo fue. Intenté varias cosas para recuperarme, pero no hubo reproches. En el balance, jugué con grandes futbolistas, que me hicieron disfrutar. Redondo, que era de otro planeta, el Negro Cáceres, Rudman, el Bocha Batista, el Pipa Gancedo… También el Turquito Maradona, que muchos no lo saben o no se acuerdan, pero tenía mucho de Diego, después se diluyó. En algunos picados también jugué con el Bichi Borghi, un colifa hermoso. Le gustaba jugar a la pelota. Muy inteligente. Un lírico.
Mamita, mamita, jugaré en Primera
Tras la lesión, el tango le dio un puntapié a la pelota y recobró el centro de la escena. Su hijo, Mateo (28 años) no llegó a verlo jugar profesionalmente, aunque YouTube le permitió mostrarle con qué monstruos tiró paredes. Hincha de Atlanta, más allá del vínculo y el respeto con Argentinos, el heredero “salió de River”. “Igual, yo le aclaré: esto es como nacer en un país y radicarte en otro. Él nació de Atlanta y se radicó en River”, bromea con la analogía.
“Cantor, futbolista (nunca ex)”, reza su biografía en Instagram, lo que confirma que sus dos alter ego siguen conviviendo con armonía. “Creo que no la rompo, pero soy bueno en las dos cosas”, subraya con humildad. Siendo un niñito, compartió escenario con leyendas como Floreal Ruiz, Rufino o Goyeneche. Incluso, se ganó una pileta de lona en un programa de TV a principios de los 70. Post pelota, la música lo abrazó por completo, ya sin compartirlo. Y él la paladeó y hasta se animó a mezclar, como experto alquimista, el tango y el rock.
“Siempre se dice que el tango te espera. A mí me agarró de chiquito, por mis viejos, y el que me esperó fue el rock, que empecé a escuchar por mi hermano. Por eso empecé a agarrar temas de rock y les hice arreglos de tango”, describe esa combinación que en su voz hace magia. Tanto como para captar la atención de Charly García. O emocionar al mismísimo Maradona. Sí, Diego de nuevo; Diego, eternamente.
Fue el 14 de diciembre de 2019, en La Paternal, durante el partido homenaje al periodista Sergio Gendler. Un año antes de su muerte, Pelusa, entonces entrenador de Gimnasia, se hizo presente. Y se dio el reencuentro con Castiello. No solo eso: al final del evento, allí donde ambos compartieron la vocación por el fútbol, entonaron a dúo “El sueño del pibe”, el tango que evoca las ilusiones de un pichón de crack y que era uno de los preferidos del Diez, al punto que supo interpretarlo en TV con el mismo desparpajo con el que desparramó ingleses en el Estadio Azteca.
“Cantaba bien, era afinado, te emocionaba, lo mismo que hacía con el fútbol. Diego era muy musiquero, tenía música en el cuerpo, por eso también bailaba bien. Podría haberse ganado la vida cantando”, arriesgó Cucuza, con el expertise de los dos mundos.
Hay una parte de aquella jornada que fue capturada por las cámaras, que puede ser repasada en video. Fue la escena de aquel dueto. “No lo esperaba. Pipa Gancedo lo fogoneó. Diego se despidió de la gente y el Pipa le dijo: ‘El Cucu te quiere dedicar un tango’. Yo me quería morir”, detalla.
“Ahora va a cantar Cucusita. No lo conocí, porque tenía unas mechas que se le caían por acá, ¿viste? —Maradona se señaló los hombros—, y ahora lo tengo acá, pelado”, fue parte de la presentación del astro, antes de la “consagración”, tal como describió el ex enganche.
Pero antes, bien temprano, hubo otro capítulo, que explica el momento que dio la vuelta al mundo. O, al menos, la vuelta a los ojos de los admiradores de Maradona y de Castiello. Fue cuando los jugadores estaban en el camarín, navegando en la incertidumbre de si Diego se iba a hacer presente o no.
“Me acuerdo que estaban Sorín, Gancedo, el Lobito Ledesma, todos en el vestuario. El Checho Batista habló por teléfono y nos avisó: ‘Está viniendo el Gordo’. Yo estaba sentado adelante, cerca de la puerta, casi que lo iba a recibir. Se empezó a escuchar lo que yo llamo el ‘ruido a Diego’, ese murmullo que lo acompañaba. No lo veía desde el 86. Cuando lo tuve cara a cara, para evitarle el esfuerzo de memoria, abrí los brazos y le dije ‘Cucusita’. Y me dijo al oído: ‘Cucuza, te pasó un tren por encima’, ja ja. A mí lo único que me importó fue que se acordara de mí“, concluye la anécdota con la nostalgia del tango y el sabor del gol que nunca se olvida.




