¿Puede la IA reemplazar a un psicólogo? Una de las expertas en salud mental más escuchadas del mundo responde

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Una de las investigaciones más importantes en relación a la felicidad dice que –en contra de lo que muchos puedan pensar– esta no tiene que ver con el dinero, la fama o el poder. Las conclusiones del estudio – una investigación longitudinal realizada por la Universidad de Harvard, que comenzó en 1938 y ha seguido las vidas de 724 personas (y luego a sus familias) durante más de 85 años- destacan que las relaciones significativas son la clave de la felicidad. Hoy, sin embargo, las personas pasan cada vez más tiempo interactuando con pantallas y, últimamente, con herramientas de IA como ChatGPT, máquinas que funcionan a base de estadísticas, pero a las que, aún así, les llegamos a confiar nuestras decisiones existenciales.

Efectivamente, la inteligencia artificial funciona cada vez más como un compañero de vida al que acudimos para consultarle sobre cuestiones médicas, personales y de salud mental. Llegamos incluso a compartirle estudios médicos, recibos de sueldo e información personal importante. Ahora bien, investigaciones recientes han alertado sobre los riesgos de usar estas herramientas para consultas vinculadas a la salud. Un estudio de la Universidad de Oxford, publicado en la revista Nature, explicó que, si bien los modelos de IA hoy destacan a la hora de hacer pruebas estandarizadas de conocimientos médicos, pueden brindar diagnósticos erróneos y no reconocer cuándo se necesita ayuda urgente. Pero, ¿qué ocurre cuando entramos en el terreno de la salud mental?

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La reconocida psiquiatra española Marian Rojas Estapé, autora de Cómo hacer que te pasen cosas buenas, Encuentra tu persona vitamina y Recupera tu mente, reconquista tu vida, libros que se han publicado en más de 40 países en todo el mundo, que visitará la Argentina la próxima semana y dará conferencias en Buenos Aires, Córdoba y Mendoza organizadas por “Mentes Expertas”, brinda una respuesta a esta incógnita en una entrevista exclusiva con LA NACION. “Me fascina la gente de la Argentina, porque siempre tiene ganas de aprender, saber, entender la mente y el comportamiento humano. ¡Y me encanta lo cercanos y cariñosos que son!“, reveló la psiquiatra y aseguró que está ansiosa por venir.

“El 91,4% de las cosas que nos preocupan nunca llegan a ocurrir”, es una de las más reconocidas frases de esta especialista, que se ha dedicado a acercar la salud mental a la gente de a pie, “traduciéndola” y convirtiéndola en algo accesible y fácil de entender. Con sus libros, ha brindado formación en relación a la gestión de las emociones, el impacto del cortisol (hormona del estrés) y de los pensamientos en la salud y la felicidad, algo que explica que no tiene que ver con lo que ocurre en la vida de cada uno, sino en “cómo interpretamos lo que nos pasa”. De hecho, señala que la manera en que gestionamos nuestras emociones determina nuestra vida y nuestra capacidad para ser felices.

Su trabajo también se ha volcado al estudio de las relaciones humanas, algo muy desarrollado en su libro Encuentra tu persona vitamina, obra donde desarrolló ampliamente este concepto. Profundiza en las heridas emocionales -que muchas veces impiden conectar sanamente con el entorno- y brinda herramientas para entender la historia emocional de cada uno, “porque cuando uno se comprende, se siente aliviado”.

La investigación de la doctora también se ha expandido al universo digital y a cómo este influye en la gestión de nuestro mundo emocional y en los vínculos que establecemos con los demás. “Nos cuesta ver una película entera, pero nos enganchamos a series con facilidad; nos cansan las conversaciones largas, pero somos únicos mandando emoticonos y contestando con monosílabos; ojeamos impulsivamente los titulares, pero somos incapaces de leer una noticia completa (…) Cada vez más buscamos recompensas inmediatas”, explica en la introducción de su último libro.

Rojas Estapé habla de que ciertos actores están robando nuestra atención, nuestra capacidad de conectar con nuestro presente. La parte del cerebro denominada corteza prefrontal está sufriendo degradación, debido al miedo, la ansiedad, las pantallas y la hiperestimulación. “El ser humano no está diseñado para el hiperactivismo, para vivir en un estado de alerta permanente”, explica la doctora y señala que es importante frenar, hacer deporte y pasar tiempo en la naturaleza, sin compañía de las pantallas. Estas últimas están muy vinculadas a la dopamina, la “sustancia del placer”, como la llama Rojas Estapé, a la que nos hemos vuelto adictos por la vida que hoy en día llevamos: TikTok, Instagram, la pornografía, los videojuegos, el alcohol, la marihuana y el tabaco liberan mucha dopamina. Todos estos estímulos han “hackeado” nuestro sistema dopaminérgico y modificaron nuestro sistema de recompensa. Así, nos hemos sumergido en la era de la gratificación instantánea, en la cultura de la inmediatez que nos ha llevado a buscar recompensas detrás de pocos clics.

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En ese contexto, ¿cómo se articula la inteligencia artificial con las emociones, las relaciones personales y la felicidad? En diálogo con LA NACION, la especialista respondió varias consultas sobre el vínculo de esta nueva tecnología con la salud mental.

Marian Rojas Estapé explica que el 91,4% de las cosas que nos preocupan nunca llegan a ocurrir

– ¿Qué efectos concretos estás viendo en consulta vinculados al uso intensivo de pantallas y herramientas de IA? ¿Considerás que la IA está agravando la crisis de atención que en otras oportunidades describiste que ya está teniendo lugar con redes sociales como TikTok?

– Lo que estamos viendo cada vez más es una mente agotada, sobreestimulada y con enormes dificultades para sostener el silencio, la espera y la frustración. En consulta aparecen personas con más irritabilidad, más cansancio mental, más dificultad para concentrarse, más sensación de vacío y, al mismo tiempo, una necesidad casi compulsiva de estímulo constante. El cerebro se acostumbra a la novedad, a la respuesta inmediata, al impacto breve y repetido. Y, luego, la vida real que es más lenta, más compleja y menos espectacular, empieza a parecer insuficiente.

La inteligencia artificial entra en este escenario y puede agravarlo si se convierte en otra fuente de inmediatez total. Si uno tiene una herramienta que responde al instante, organiza, resume, propone, entretiene y hasta acompaña, el riesgo es que disminuya todavía más nuestra tolerancia a pensar despacio, a dudar, a buscar, a aburrirnos un poco, que es donde muchas veces nace la creatividad y la madurez.

El problema no es la tecnología en sí, sino el tipo de relación que establecemos con ella. Cuando la tecnología sustituye, en lugar de complementar, el resultado es el empobrecimiento. Cuando acelera todo, pero no da profundidad, fragmenta. Y una mente fragmentada sufre, porque pierde capacidad de foco, de introspección y de presencia.

– En tus libros y charlas, solés referirte mucho al rol de la dopamina en nuestra vida. ¿Cómo dialoga eso con la inteligencia artificial? ¿Puede una IA ayudar a entrenar la inteligencia emocional?

– La dopamina es, en términos sencillos, la molécula de la motivación, de la anticipación, de la búsqueda de recompensa. El problema es que cuando acostumbramos al cerebro a recibir pequeños premios constantes —respuestas inmediatas, validación rápida, estimulación permanente— cada vez toleramos menos el esfuerzo que no genera resultados al instante. Y la inteligencia artificial, bien usada, puede ser una maravilla; pero mal usada puede convertirse en una máquina de gratificación inmediata.

Ahora bien, también puede ayudarnos. La IA puede ser útil para entrenar ciertas habilidades si actúa como apoyo y no como sustituto del trabajo interior. Puede ayudar a poner nombre a emociones, a ordenar pensamientos, a ensayar conversaciones difíciles, a proponer ejercicios de respiración, al journaling (diario personal) o reflexión. Puede incluso servir como un espejo que nos devuelva preguntas útiles.

Marian Rojas Estapé estará en Buenos Aires, Córdoba y Mendoza la semana que viene, en una conferencia organizada por Mentes Expertas

Pero la inteligencia emocional no nace de una respuesta brillante, sino del contacto honesto con lo que uno siente. Se entrena mirando hacia adentro, aprendiendo a tolerar el malestar, entendiendo la propia historia, regulando impulsos y aprendiendo a vincularse con los demás. La IA puede acompañar ese proceso, pero no reemplazar la experiencia humana de ser comprendido, sostenido y amado de verdad.

– ¿Qué riesgos ves a la hora de desarrollar vínculos en un momento en que convivimos constantemente con asistentes virtuales, chatbots y agentes de IA?

– El gran riesgo es que empecemos a preferir vínculos sin fricción, sin conflicto, sin exigencias. La relación con una IA puede ser cómoda: no contradice demasiado, no exige, no se cansa, no tiene heridas propias, no necesita reciprocidad real. Y eso puede volvernos menos tolerantes a lo más humano del vínculo entre personas: el desencuentro, la espera, la diferencia, la incomodidad, el esfuerzo de explicar, escuchar, reparar.

Los vínculos de verdad nos transforman porque nos confrontan. Nos obligan a salir del narcisismo, del ego, a reconocer al otro como alguien distinto. Si una persona empieza a refugiarse sistemáticamente en interacciones donde siempre se siente validada, comprendida y adaptada a su medida, puede atrofiar su capacidad para amar en la realidad.

No creo que la IA vaya a eliminar el amor humano, pero sí puede desordenar nuestras expectativas. Puede hacernos creer que un buen vínculo es uno en el que todo fluye, todo me calma y todo gira en torno a mí. Y eso no es amor: eso es adaptación algorítmica. El amor real tiene ternura, pero también tiene límites, verdad, compromiso y renuncia.

– Frente a casos de personas que se han suicidado luego de mantener conversaciones con una IA, ¿cuál pensás que podría ser una buena forma de usar la IA en salud mental?

-Aquí hay que ser muy prudentes. La IA no debe posicionarse jamás como sustituto de un profesional y mucho menos en situaciones de riesgo grave, ideación suicida, psicosis, trauma severo o cuadros de alta vulnerabilidad. En personas frágiles, una herramienta que simula empatía sin comprender realmente el sufrimiento puede generar un espejismo peligrosísimo: la sensación de estar acompañado cuando, en realidad, no hay un otro responsable, clínicamente entrenado, ni éticamente presente.

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Una buena forma de usar la IA en salud mental es aprovecharla como una puerta de entrada o apoyo complementario. Por ejemplo: para ofrecer psicoeducación, ayudar a registrar síntomas, recordar hábitos protectores, sugerir técnicas básicas de regulación, facilitar el acceso a recursos de urgencia o animar a pedir ayuda profesional. También puede ayudar entre sesiones a sostener rutinas o a ordenar lo que a una persona le pasa.

Pero hay una línea roja muy clara: la IA no debe gestionar por sí sola una crisis vital. En salud mental, el factor protector más poderoso sigue siendo el vínculo humano: alguien que detecta, contiene, interpreta, pone límites y se responsabiliza. Cuando una persona está al borde, necesita presencia humana, no solo interacción.

Marian Rojas Estapé explica que la corteza prefrontal está sufriendo degradación, debido al miedo, la ansiedad, las pantallas y la hiperestimulación

– La automatización promete eficiencia, pero muchos hablan de que el trabajo, cuando incorpora IA, termina siendo mayor y más desgastante. ¿Puede la IA aumentar el estrés laboral o burnout o, por el contrario, aliviarlo? ¿Cómo se podría lograr eso?

– Puede hacer ambas cosas. Si la IA se usa para quitar carga mecánica, ahorrar tiempo, reducir tareas repetitivas y permitir más espacio para el pensamiento profundo o el trato humano, entonces puede aliviar muchísimo. Pero si se usa para exigir más productividad, más velocidad, más disponibilidad y más comparación, entonces puede convertirse en otro acelerador del burnout.

Muchas personas no están agotadas solo por trabajar mucho, sino por trabajar sin pausas, sin sentido y sin control. Si la IA hace que todo tenga que resolverse más rápido, que respondamos antes, que produzcamos más y que nunca desconectemos, aumenta el estrés. La tecnología no siempre libera; a veces coloniza más rincones de la vida.

Para que alivie, hacen falta límites concretos: claridad sobre qué tareas automatizar, respeto por los tiempos de descanso, criterios humanos para la evaluación del rendimiento y formación real para no vivir cada nueva herramienta como una amenaza. La IA debería servir para devolver tiempo y energía a lo importante, no para exprimir aún más a personas que ya están al límite.

– ¿Qué límites recomendarías a padres frente al uso de dispositivos inteligentes y asistentes de IA en niños? ¿Qué impacto puede tener la interacción temprana con IA en el desarrollo del apego en niños?

– En la infancia, el cerebro se construye “en relación”, es decir, en el vínculo, con la presencia de padres, hermanos y amigos. La mirada, la voz, la espera compartida, el juego libre, el contacto físico y la regulación emocional que ofrece un adulto disponible son insustituibles. Por eso, el primer límite es muy claro: ningún dispositivo debe ocupar el lugar del vínculo. La tecnología puede entretener, incluso enseñar algunas cosas, pero no puede reemplazar la presencia afectiva de un padre, una madre o un cuidador emocionalmente disponible.

Yo recomendaría retrasar al máximo la exposición innecesaria, evitar que los asistentes de IA se conviertan en “compañeros” habituales del niño y supervisar mucho el tipo de interacción. Una interacción demasiado pronto con la IA puede confundir procesos muy delicados del desarrollo emocional.

El apego sano se forma cuando el niño descubre que hay un otro real que responde, pero que no siempre responde de inmediato; un otro que contiene, frustra con amor, pone límites y enseña a esperar. Si el entorno se llena de sistemas que obedecen rápido, contestan siempre y se adaptan sin conflicto, podemos criar niños con menos tolerancia a la frustración, menos paciencia relacional y más dificultad para conectar con la complejidad del otro real.

– ¿Qué efectos tiene recibir adulación constante por parte de una IA? ¿Qué hábitos saludables recomendás mantener en un entorno dominado por la IA?

– La adulación constante puede ser muy seductora porque acaricia una necesidad humana profunda: sentirnos vistos, aprobados, reconocidos. Pero cuando esa validación se vuelve permanente y fácil, puede generar dependencia emocional, inflar el ego de forma frágil o dificultar el contacto con una verdad incómoda, pero necesaria. Crecer psicológicamente exige a veces frustrarse, corregirse, asumir límites. Si todo el tiempo recibimos un reflejo complaciente, corremos el riesgo de debilitarnos por dentro.

Marian Rojas Estapé es autora de

Además, el cerebro se acostumbra rápido a aquello que le da bienestar inmediato. Y, entonces, puede empezar a buscar no lo verdadero, sino lo reconfortante. No lo que me ayuda a madurar, sino lo que me calma o me halaga. Eso empobrece mucho la vida interior.

En un entorno dominado por la IA, yo recomendaría hábitos muy concretos: momentos sin pantalla, espacios de aburrimiento, lectura larga, deporte, contacto con la naturaleza, conversación cara a cara, silencio, oración o meditación para quien tenga esa práctica y una higiene digital muy consciente. También revisar una consulta esencial: ¿estoy usando esta herramienta para vivir mejor o para no enfrentarme a mí mismo? Esa pregunta ordena mucho.

¿Cómo ha cambiado su propio trabajo con la incorporación de la IA?

– Me ayuda para buscar información, para cotejar alguna duda de contenido. No la uso para nada emocional, pero sí me sirve para acceder a material o a ideas. Pero intento no delegarle demasiado, para no perder la práctica de elaborar y buscar lo mío.

Para mí, la clave es que la IA nos quite carga, pero no nos saque alma. Que nos ayude a ser más eficaces, pero no menos humanos. Que nos dé herramientas, pero que no nos robe la capacidad de observar, de escuchar y de comprender de verdad a la persona que tengo delante.

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